Anaideia

Por qué dos 8M en Murcia: el fetiche de la unidad y la falacia de la sororidad

Hoy es 8 de marzo y me gustaría hablar y reflexionar sobre algo que lleva sucediendo varios años en la ciudad de Murcia y que ha sido ampliamente criticado por ciertos sectores feministas y de "las izquierdas": La realización de dos convocatorias diferentes de marchas, con distintos horarios y lugares. Advierto de que este texto no es objetivo y en él os muestro mi perspectiva personal y mi propia manera de vivir el feminismo.

Actualmente existen en Murcia dos organizaciones que convocan las manifestaciones y actividades diversas en torno a este día: la Asamblea Feminista de la Región de Murcia y el Movimiento Feminista de Murcia. La Asamblea Feminista de la Región de Murcia se nutre de subvenciones y responde a las agendas institucionales de los partidos políticos y los sindicatos mayoritarios y hegemónicos que hace mucho tiempo que dejaron de ser "de clase". Enarbolan un feminismo ascendente, vertical, que aspira a alcanzar los "centros de poder" y romper los "techos de cristal", porque no hay "igualdad" sin mujeres empresarias, sin mujeres policías, sin mujeres militares, sin mujeres políticas o presidentas, sin mujeres con cargos de poder en cualquier institución. Es el feminismo de la paridad y del esencialismo, que considera que las mujeres somos buenas y conciliadoras por naturaleza y si no por naturaleza, por las experiencias de opresión y subordinación vividas a lo largo de la Historia. Para mí, es el feminismo que no pretende destruir el patriarcado sino resignificarlo, que defiende el derecho de las mujeres a ser tan poderosas como siempre fueron los hombres.

El otro es el Movimiento Feminista de Murcia, una organización que funciona de manera autogestionada, sin subvención o vinculación institucional alguna, desde "las bases". Esta organización revisa los discursos del feminismo hegemónico y pone sobre la mesa la cuestión del poder. Para el Movimiento Feminista de Murcia (y para mí) el feminismo solo es si forman parte de él las personas migrantes, las personas LGTBIQ+ y les trabajadores sexuales. Sí. Trabajadores sexuales. Además, pone sobre la mesa y reflexiona de manera crítica sobre la represión, sobre la acción del poder capitalista, patriarcal y racista sobre nuestros cuerpos y defiende el antipunitivismo y las luchas anticarcelarias. Y todo ello implica, necesariamente, una crítica feroz al Estado y sus tentáculos y cadenas de terciopelo.

Este breve resumen es importante para situarnos porque si no no se entenderá el panorama de las luchas feministas y el 8M en Murcia. Como véis, nos encontramos ante un choque frontal entre dos maneras muy, muy distintas de entender el feminismo, la política y las luchas sociales. Nos encontramos ante dos visiones muy diferentes sobre lo que significa el poder y cómo atraviesa nuestros cuerpos. Las propias bases, los propios principios organizativos de ambas organizaciones son diametralmente opuestos y, en mi opinión, incompatibles. Si consideramos que el Estado, el patriarcado y el capitalismo, con sus fronteras y sus armas y sus cárceles, son las cabezas de un mismo monstruo, no podemos extirpar una y la perpetuación de las demás. El feminismo sin su discurso anticapitalista, anticolonial y antiestatal, y sin las personas que hacen volar por los aires las concepciones binarias y esencialistas del género, es una mala obra de teatro por la que se paga una entrada muy cara.

Pero es que, además de esta evidente brecha ideológica (que, por otro lado, aplica al resto de las luchas), hay dos cuestiones concretas y tangibles: más arriba he hablado de personas LGTBIQ+ y de trabajo sexual. Estas no son cuestiones menores porque han sido, entre otras muchas, las dos grandes líneas rojas que generaron una brecha necesaria e irreconciliable entre ambos feminismos, entre ambas organizaciones, entre ambas facciones. La organización de la institución ha estado, durante mucho tiempo, negando la existencia y las luchas de las personas trans y defendiendo leyes y discursos que hablaban del "borrado de las mujeres" y de hombres disfrazados que se metían en los baños de mujeres para cometer abusos. En el mejor de los casos, he oído discursos como que "si yo no niego la existencia y los derechos de las personas trans, pero que se organicen por su lado". Y si ahora se ve una tímida y superficial inclusión del colectivo LGTBIQ+ en algunos de sus discursos, no es más que una mera instrumentalización de sus cuerpos y vivencias. Al menos en mi opinión. Por otro lado, se dedicaron a boicotear sistemáticamente todo intento de las trabajadoras sexuales (o, como ellas les llaman, "personas en situación de prostitución") por expresar sus experiencias y problemáticas y por organizarse por sí mismas. Se tuvo que asistir al boicot, con carteles y gritos, de un evento en el que un grupo de trabajadoras sexuales daban una charla sobre su trabajo, su situación, sus experiencias y su necesidad de organizarse y sindicarse. Se tuvo que asistir a acontecimientos tan bochornosos como que un grupo de mujeres, en una reunión preparatoria del 8M, prohibieran a trabajadoras sexuales participar de la organización y de la marcha. A mí esto me parece de lo más surrealista porque si ciertas posturas abolicionistas o prohibicionistas las consideran esclavas y víctimas, debería defenderse con más motivo que empiecen a expresarse y organizarse, pero no: se las expulsa, se las censura, se las criminaliza, se las vende y se les agrede. Porque no pueden permitir que las víctimas dejen de ser víctimas, no pueden permitirse que alguien alce su voz sin ellas y no pueden permitir dejar de nutrirse y lucrarse a costa de la situación de otras.

¿Sabéis lo que pasó? Que el Movimiento Feminista dijo: echáis a las putas, y nosotres nos vamos con ellas. Y desde entonces, con estas irreconciliables líneas rojas marcadas por la violencia y la más absoluta falta de "sororidad", el Movimiento Feminista y todos aquellos colectivos que no casaban con ese feminismo de cuotas de poder, de asientos en el Parlamento, de sindicalismo funcional y de repartir carnets sobre quién puede y no ser feminista, se desmarcaron y decidieron organizarse y marchar por su cuenta.

Este año la marcha institucional era a las 12h y la de las "anarkas" (como ellas les llaman, aunque no se definan como tal) a las 20h. Pues resulta que "alguien" (no se sabe quién pero lo podemos intuir) hizo una cuenta falsa en Instagram suplantando al Movimiento Feminista de Murcia y convocando la manifestación crítica para JA, misma hora y lugar que la marcha institucional. Aquí huele a peste. Y este suceso es solo uno de muchísimos otros en los que se ha intentado boicotear la marcha y las acciones surgidas al calor del Movimiento Feminista de Murcia y colectivos afines. Y encima asistimos a una defenestración y demonización de los grupos críticos que se desmarcan de la institución, partidos y sindicatos, culpándoles de división y de pisar los esfuerzos de las buenas feministas por conseguir un mundo "igualitario". Es de traca.

Aquí voy a incluir una reflexión que creo que aplica al resto de luchas y a cómo las entendemos. Y es que considero que la "unidad" es una falacia, un fetiche que se perpetúa y salpica a todas las luchas y organizaciones. Quienes hablan de unidad son quienes saben que dirigirán el rumbo de la masa unificada, ya sea con una alfombra de flores o a punta de pistola, porque tienen el poder o aspiran a él y tienen los medios para ello. Son quienes, llegado el momento, no dudarán en vendernos, encarcelarnos o mutilarnos. Quienes siempre tienen que ceder y dejarse por el camino trocitos de sus principios más básicos en nombre de la sacrosanta unidad son quienes, precisamente, entienden la solidaridad, la unión y la colectividad de la manera más pura y horizontal. Son quienes se sumarán a la defensa de su colectivo incondicionalmente, pero luego se ven en la soledad cuando se trata de arrimar el hombro con elles. Escrito está en las páginas de la historia y escribiéndose está en nuestra cotidianidad. Yo misma lo he vivido en mis carnes cuando la policía nos pegaba, identificaba y detenía a compañeres, mientras "los que llamaban a la unidad" se esfumaban del lugar para mantener su reputación intachable de activistas de bien.

Tenemos que quitarnos de encima la fantasía de la unión a toda costa si esta favorece al poder y tenemos que empezar a asumir que nuestros principios, nuestras luchas y nuestras estrategias son válidas. Y si eso significa una ruptura, pues será una ruptura necesaria.

Siempre en el asfalto, siempre en el margen, siempre con todos los cuerpos desposeídos. ¡Que viva el transfeminismo y que viva la anarquía!

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