Anaideia

Arrebato

Era una zagaliquia y era verano. No recuerdo si era el verano de mis dieciocho años o alguno posterior. No me extrañaría que pudiera ser el verano de mis dieciocho años porque lo recuerdo con especial cariño y nostalgia. El concepto japonés de la "nostalgia feliz" del que habla Amelie Nothomb, "Natsukashii". Fue un verano de muchos e importantes cambios. Ese verano fue el epílogo de mi adolescencia y el prefacio de mi ¿adultez?. Fue el verano de, entre otras cosas, subirme de paquete en la moto del Deivid "el Cervezas" y recorrernos pueblo, campos y sierra en busca de casas ruinosas que fotografiar. Bueno. No sé si fue en ese verano o no. En cualquier caso, lo que quiero contar fue un verano y yo era una zagaliquia.

Por aquel entonces, de vez en cuando yo me daba paseos con el Chino. Un chaval unos dos o tres años mayor que yo al que le gustaba escribir, tocar la guitarra, ver películas, dibujar y leer. Y fumar porros. El Chino fumaba muchos porros, quizá de ahí viniera su apodo. De hecho, en todo pueblo que se precie, tiene que haber alguien a quien llaman "el Chino". El Chino de mi pueblo era un tío muy majo, sensible e inteligente, y a mí me gustaba pasear con él, charlar y subir a las faldas del castillo a mirar el pueblo desde la altura. El Chino no era mi mejor amigo ni paseábamos todos los días, pero en eso consistía nuestra amistad. Una amistad tranquila, de paseos soleados y canciones. Creo que mis padres no sabían que yo me juntaba de vez en cuando con el Chino. No lo habrían aprobado, como tampoco habrían aprobado otras de mis amistades con personas consideradas por la gente de bien como "indeseable". Pero bueno, siempre he sabido con quiénes juntarme, qué recoger de esas amistades y también decir que no cuando tenía que decirlo.

Por aquel entonces yo ya escuchaba vinilos, sobre todo los de mis padres, aunque ya me había comprado algunos propios, considerándolos mi pequeño tesoro. En uno de esos paseos, el Chino me trajo un regalo. Me dijo que me apreciaba mucho y que tal vez yo le daría más y mejor uso que él. Eran dos vinilos: Barrio Conflictivo (1984) de Barricada, y el primer disco de Extremoduro, el del 1989, donde empezó todo, "Tú en tu casa, nosotros en la hoguera". Ese disco que salió con el que muchos consideran el primer crowdfunding y que tiene todos los nombres de las personas que participaron en la contraportada. Ese disco que se dejó de editar porque posteriormente se reeditó con ¿mejor sonido? en el que fue el álbum "Rock Transgresivo". Ese disco que conserva un sonido crudo, bruto, sucio, agresivo, primerizo, del subsuelo. No hay mejor versión de Amor Castúo que la de ese primer disco. Bueno, de ninguna de las canciones del rock transgresivo, en realidad. En ese momento yo no era consciente del tesoro que se estaba depositando en mis manos de manera gratuita y como gesto del cariño surgido en paseos y charlas soleadas. El Chino me lo regaló porque me apreciaba. Y cuántas veces habré escuchado en bucle ese disco, y cuántas veces habré cogido la aguja del tocadiscos y habré vuelto a pinchar "Arrebato", desgarrado y chillón, tanto como algún antiguo desamor o como la sensación continua y perenne de que no hay puto futuro para mí. Cuántas veces habré gritado en mi habitación "desde entonces ¡¡¡YA NO QUIERO SOL!!!".

El Chino empezó después a juntarse con gente con la que quizá no se tuvo que juntar, y a hacer cosas raras. El Chino se convirtió en una persona drogodependiente. Desarrolló una enfermedad psiquiátrica. Trató de desintoxicarse tres veces, pero volvía a caer. Y creo que, en parte, esto sucedía porque sus amigos no eran sus amigos, porque seguían consumiendo delante de él, porque seguían invitándole. Y en los pueblos, queridas amigas, amigos y amigues, estas cosas son muy difíciles. El Chino cargó en su espalda con el estigma, con la adicción y con una tremenda disociación. El Chino robó a sus amigos para conseguir droga, e incluso agredió a un familiar y amigo porque creía cosas que no eran. El Chino acabó en el ostracismo, luego se internó en un centro de desintoxicación y ahora está limpio, pero su cabeza ahora es un papel en blanco, el Chino no es, no está.

Cuando escucho esos discos, pienso que la aguja del tocadiscos, además de hacer sonar tremendos temazos, también rasga los surcos de lo que fue una persona maravillosa con una mente frágil como un vaso de cristal. Ese vaso se cayó al suelo y se hizo añicos. Reconozco una mente-vaso de cristal cuando me topo con ella, porque creo que la mía está hecha del mismo material. Y sobre esto, no diré más ahora mismo. El Chino, el que fue, en parte está para mí en esos discos.

Ayer se celebró en el bar donde trabajo, en el marco de los Lunes Literarios, un homenaje a Robe Iniesta y, por tanto, a Extremoduro. Estuvo muy bien. Salió mucha gente a cantar, a tocar, a recitar, a hablar. Para mí, Garza, Antoñico y Blanca fueron los mejores. Sobre todo Blanca, tan desgarrada y tan ella. En un momento dado, un tipo que pincha música muchas veces y que tuvo una tienda de discos, anunció que el jueves habrá una pinchada en el Plan9 de toda la discografía de Extremoduro en vinilo por orden cronológico. En la puerta, fumando, me comentó que su colega, el que va a pinchar, tiene todos los discos menos uno... Adivinad cuál. El disco del ochenta y nueve, el que conserva un sonido crudo, bruto, sucio, agresivo, primerizo, del subsuelo. El que el Chino me regaló porque decía que me apreciaba. Con toda la sorpresa del mundo, le dije "¡pero si ese la tengo yo!" y, conforme esas palabras salían de mi boca, me arrepentí de decirlas. "¿Pero el del ochenta y nueve?", "sí, sí, esa". "¿En el que salen los nombres de la peña que puso pasta para su grabación?", "que sí, que sí, ese". "¿Y cómo lo conseguiste?", "pues me la regaló un amigo del pueblo". "¿Y quién es tu amigo?", "pues yo qué sé, el Chino. Me lo regaló porque me apreciaba". "Joder, Brave, pues tienes una joyita musical que vale muchísima pasta. Cuando yo tenía la tienda de discos, no había manera de encontrar ese vinilo porque dejó de editarse, es una rareza. Yo nunca lo tuve". "Es cierto, no lo vendo por nada del mundo, le tengo demasiado cariño".

El colega me pidió por favor que les preste el disco para pincharlo esa noche. Al principio le dije que no quiero que ese disco salga de mi casa porque si lo pierdo o le pasa algo, moriría. Que soy muy recelosa de prestar mis vinilos y ese, en especial, no quiero perderlo. El tipo me dijo que lo comprendía perfectamente, pero que igualmente quería presentarme a su amigo el que pinchaba. Al final les dije que me lo pensaría, pero que si ese disco se pincha en el Plan 9 sería llevándolo, pinchándolo delante de mí y, en cuanto acabe, devolviéndomelo. Me dijeron que sí que sí que sí. Les dije que me lo pensaría.

A lo largo del turno estuve dándole vueltas. Creo que fue ahí cuando de verdad caí en la cuenta del valor de ese disco, de la joya inaccesible que tenía entre mis vinilos. Hasta entonces sabía que era una joyita y sabía la transcendencia de ese álbum. Pero ayer fue cuando dije "hostia". Y el Chino me lo regaló porque me apreciaba. ¿Cuántas vueltas tuvo que dar ese disco para que cayera en sus manos? ¿Realmente el Chino pensó en lo que me estaba regalando o, por el contrario, lo sabía perfectamente? ¿Me merecía yo ese regalo? Por un momento pensé que no. Luego pensé que qué cojones. Todo esto mientras secaba vasos y servía birra. Después pensé que podría estar guapísimo que ese disco sonara en el Plan 9, que si estaba encima de los coleguitas todo el rato no tenía por qué pasar nada y que si el Chino me lo regaló porque me apreciaba, lo mismo podría merecer la pena que suene a toda hostia en ese bar y que lo disfruten otros muchos nostálgicos de Extremoduro. Al fin y al cabo, lo reconozco, me encanta Extremoduro y fue importantísimo para mí (esta entrada del blog no va sobre eso así que no me voy a extender más) pero no me considero ni la mayor ni la mejor fan. Atesoro a Extremoduro en mi cráneo y mi epidermis a mi manera. Aún me lo sigo pensando, pero yo creo que sí, que ese sonido sucio, agresivo, primerizo, del subsuelo, debe sonar este jueves. Porque, además, lo que más se recuerda ahora mismo de Extremoduro es, en cierto modo, lo pulido, lo amable. El Extremoduro ya asentado, ya incuestionable. Y falta la suciedad, la crudeza y la rabia del origen. Falta que se escuche a los cuatro vientos la fe que mucha peña depositó en forma de dinero para financiar un disco que todavía no había sido producido, por parte de unos tipos a los que, supongo, poca gente conocía. Y falta el Robe al que, probablemente, poca gente habría deseado conocer ni homenajear porque probablemente su cabeza estaba hecha del mismo material que la de mi colega Chino. Probablemente a nadie se le ocurrirá homenajear al Chino cuando la palme. Porque la sociedad es así de asquerosa. Porque así es el estigma y así es el clasismo.

"Desde entonces ¡¡¡YA NO QUIERO SOL!!!".

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Comments
  1. YenkoManko — Jan 22, 2026:

    En mi opinión y desde el punto de vista de alguien que no posee esa joya, creo que es una maravilla que suene en un bar/sala y pueda deleitar mucha más gente. Espero que lo disfrute todo el mundo que lo pueda escuchar (ojalá yo pudiera), y más tú, por ofrecer esa oportunidad al resto.