Esta entrada la estoy escribiendo desde la espontaneidad y la prisa, porque no tengo mucho tiempo. Entro a trabajar a las tres y todavía tengo que ducharme y hacer cualquier cosa rápida y medio resultona para comer. Pero me apetecía mucho escribir. Siendo sincera, estas últimas semanas están siendo muy duras en varios sentidos porque las personas con las que vivo y yo estamos atravesando momentos muy complicados emocionalmente. Espero escribir sobre ello y sobre lo que estoy aprendiendo de este proceso la próxima semana, cuando las emociones estén más reposadas y consiga poner un poco de orden en casa y en mi cabeza. En cualquier caso, entre tantas emociones negativas, me apetece muchísimo escribir sobre algo bonico, un proceso que estoy viviendo conmigo misma.
Últimamente me siento guapa y me siento bien con mi cuerpo. Escribir esta frase para mí es una proeza, porque diariamente suelo batirme en duelo conmigo misma delante del espejo. Es una batalla durísima, porque me digo cosas terribles, suelo odiar mi cuerpo, suelo esconderlo y suelo pensar que no es digno de absolutamente nada. Odio los veranos porque odio este calor extremo murciano que calcina hasta las ideas, pero también lo odio porque tengo que exponer mi cuerpo forzadamente. Me he negado ir a la playa muchas veces porque me he visro en bikini y me he dado verdadero asco. Los momentos en los que más me odio a mí misma y a este cuerpo que habito, se corresponden con momentos de tristeza y tremendos bajones emocionales. Eso es terrible. Y es más terrible todavía pensar que esta disforia la atraviesan muchísimas personas (sobre todo las mujeres y las disidencias de género) y que responde a un problema estructural en el que los cuerpos son objetos de consumo, un producto más en el sistema capitalista que se moldean según concepciones productivistas y patriarcales. Qué os voy a decir que no sepáis sobre la gordofobia, sobre las bellezas normativas, sobre ser solo si somos miradas y deseadas. Ciertamente, esto no es exactamente de lo que quiero hablar hoy y tampoco quiero articular un discurso político ahora mismo (aunque el tema lo merece y se ha escrito un montón), sino de que últimamente siento que estoy dejando a un lado el látigo con el que me fustigo cada día y me estoy reconciliando conmigo misma. Aunque no aseguro que esto vaya a ser para siempre. Es uno de los duelos más difíciles.
Últimamente me siento fuerte y bien emocionalmente y eso me está ayudando mucho a verme de otra manera. Parecerá una incongruencia y podéis retirarme el carnet de anarquista y anarcosindicalista, pero volver a trabajar después de un año postrada en un escritorio sin hacer otra cosa que estudiar, me está viniendo muy bien para volver a sentirme activa y con una rutina. Además, hace un mes tomé una importante decisión, y es empezar a hacer ejercicio. Me he apuntado a pilates y eso, ya de por sí, para mí es todo un logro porque de un tiempo a esta parte he tenido una relación extraña con el deporte. Supongo que los gimnasios son lugares hostiles para mí y mis intentos de frecuentarlos siempre han fracasado. Pero en pilates me estoy sintiendo realmente bien. Siento que estoy en movimiento, que me estoy poniendo fuertota, que estoy adquiriendo mucha paz mental, que me estoy desoxidando en muchos sentidos y, sobre todo, siento que estoy cuidándome, y creo que ese es uno de los mejores regalos que puedo hacerme para perdonarme a mí misma y decirme que está todo bien. Me estoy cuidando al margen de pensamientos abusivos y de insultos y odio hacia mí misma. Estoy cuidando este cuerpo que habito como también cuido mi habitación y mi casa y como cuido a mis amistades y seres queridos. Estoy dejando de decirme cosas terribles que siempre me he dicho y que jamás le diría a ninguna amiga. Estoy empezando a mirarme con buenos ojos. Estoy empezando a mirarme al espejo y a sonreírme y verme guapa e incluso atractiva. Y eso que, aparentemente, el cuerpo sigue siendo el mismo y también mi cara. Me estoy gustando y... Esto os parecerá cursis, pero ¡uy! siento mariposas en el estómago de pensar que qué bien mi cuerpo. Estoy-dejando-de-sentir-que-estoy-rota.
Este sentimiento está desencadenando que vuelva a vestirme usando prendas que en su momento desterré porque me dije que mi cuerpo no era digno de ellas. ¿Esa camiseta ajustada que realza las curvas pero también lorzas que no deberían estar? ¿A dónde vas TÚ con esos pantalones? ¿Y esa camiseta de tirantes? ¿De verdad vas a enseñar esos brazos asquerosos y esas clavículas inexistentes? Muchas cosas así me he dicho y me he tirado horas e incluso he llegado tarde a los sitios porque entraba en verdaderas vorágines de odio, tristeza y desesperación. No me valía nada. Estoy volviendo a ponerme esa ropa y me digo a mí misma que esas lorzas son mías, que no estoy tan mal, que me gusta cómo me queda y que qué coño importará todo lo demás. Y además, me está apeteciendo incluso arreglarme un poco. Me compré el otro día un pintalabios y lo estoy utilizando porque me apetece y porque me siento bella y me apetece mostrarlo. También me estoy pintando las uñas. Me apetece adornar mi cuerpo.
Y lo mejor de todo es que me parece que este proceso no tiene nada que ver, o eso creo, con ninguna necesidad de gustar a nadie ni de resultar atractiva para ningún tío ni nada por el estilo. Aquí entro en una cuestión en la que suelo pensar mucho. ¿Por qué me maquillo y me arreglo algunas veces? ¿es una decisión que tomo libremente o porque hay una serie de dictados sociales y culturales que dicen que debo gustar, que debo ser mirada y deseada? si eres feminista ¿no debes renunciar a algunos instrumentos que nos empujan a la belleza normativa y a dinámicas terribles? Y bueno, pues creo que, por lo general, cuando me maquillo, lo hago porque me sale del coño. Pero está claro que otras muchas veces me hago el eyeliner porque siento que tengo una cara de mierda que debo ocultar o incluso a veces lo hago sin pensarlo y luego me miro al espejo y pienso ¿por qué? ¿realmente me apetece? Quién sabe. Pero ¿sabéis qué? Creo que si habito el feminismo y otras luchas y si soy consciente de cuáles son las cadenas que me/nos atan, no hace que deje de ser libre automáticamente. Para nada. Estamos muy lejos de ser libres, y creo que por eso estamos aquí, en las luchas, haciéndonos preguntas sobre nosotras mismas y la sociedad y cultura que nos atraviesan. Poniendo sobre la mesa dudas y problemas, sosteniéndonos mutuamente. Soy feminista por necesidad, porque quiero ser libre y no porque lo sea. Si lo fuera, no me haría falta absolutamente ningún tipo de asociacionismo, de lucha o de construcción de nuevas formas de relacionarnos. Asumir esta premisa me parece verdaderamente tranquilizadora, porque no siempre una está fuerte para sostener el peso del mundo y para resistir a cuales quiera que sean los cánones impuestos. Puede que lo haga por mí o por el sacrosanto culto a la belleza, quién sabe. Pero últimamente me estoy sintiendo guapa, me estoy diciendo que soy guapa, y me estoy permitiendo expresarlo de muchas maneras, como, por ejemplo, pintarme los labios y vestir con aquella camiseta que cogía polvo en el cajón.
Quizá esta entrada esté llena de incongruencias en el discurso y también llena de redundancias y de cosas que me dejo en el tintero. No la he repasado (de momento) antes de publicarla, es fruto de la espontaneidad. Pero me apetecía decírmelo y también decíroslo:
¡Me veo guapa! ¡Me estoy gustando! ¡Me siento bien conmigo misma! ¡Me estoy reconciliando con mi cuerpo y conmigo! ¡Estoy dejando de insultarme! Y eso me gusta.