Escribo esta entrada del blog minutos antes de irme a dormir mientras me fumo el que es -espero- mi último cigarro. Le doy caladas lentas, conscientes, tranquilas, sabiendo que ya no habrá más. El gran acontecimiento. Tan acontecimiento, que merece ser escrito. Vaya mierda, un acontecimiento tan asqueroso como fumarse un cigarro. Pero es que no es un cigarro. Es el úl-ti-mo cigarro. El último después de diez años fumando cigarros.
La idea de dejar de fumar me lleva rondando la cabeza ya un tiempo. El pensamiento me viene por oleadas, por rachas. Durante varios días o semanas suelo pensar repetidas veces que y si lo dejo, que y si cuando se acabe este paquete ya no fumo más, que debería dejarlo para siempre. Acto seguido, me lío un piti y la idea se esfuma. De vez en cuando, alguien a mi alrededor me dice "me encantaría fumarme ese piti contigo, pero lo estoy dejando, así que no te acompaño". Y pensaba que yo debería ser esa persona y no volver a fumar nunca. Pero ese piti me lo fumaba. Y otros tantos más.
Recientemente, un amigo me preguntó si no había pensado en dejarlo y, algún mes después, otra amiga me dijo que lo de dejarlo para cuándo. Charlamos un rato, le dije que, ciertamente, me lo he planteado más de una vez y cada vez más, pero que no estaba preparada, que no había llegado mi momento. Que, cuando estuviera preparada, pediría cita en el médico para que me recetara las pastillas y poder dejarlo sin sufrimientos adicionales. Le dije que, al fin y al cabo, el tabaco es una adicción de la que una no sale si no está convencida de querer salir y que, de lo contrario, si fuera tan fácil, ya lo habría hecho. Acto seguido, me lié un cigarro. No era el momento, desde luego.
Me alegro muchísimo por la gente que nunca cayó en la tentación y que siempre se mantuvo pura y supo decir que no. Me alegro muchísimo por la gente que, en momentos de una inmensa desesperanza y dolor, jamás decidió aplacarlo con unas caladas mirando la ciudad desde una azotea. Me alegro muchísimo. Pero yo no fui así, y no sois mejores que yo por ello. Yo empecé a fumar a los veintidós años, meses después de haber huido de una relación de pareja que me hundió en un miserable letargo y una profunda tristeza durante tres años. Una relación en la que abandoné las cosas que me gustaban e incluso pasé de puntillas, casi sin darme cuenta, por mis asignaturas favoritas de la carrera de Historia: las de contemporánea. Y después, después... Después mi vida pasó a ser tan absurda y frenética, que no tuve el valor de despegarme de los cigarros.
Los cigarros moldean la vida de quien los consume, como las manos hacen la cerámica o el agua y el viento modelan las rocas que adoptan aspectos fantasmales. El cigarro es reloj, conversación, espera y descanso. El cigarro es reflexión profunda, premio y horas intempestivas. El cigarro es estrés, ansiedad, necesidad y dependencia. Tos, respirar regular, voz ronca, resfriados que no se van. El cigarro es absurdeza, porque el cigarro es salirse a la puerta con cuarenta grados bajo un sol abrasador, con un frío que atraviesa los huesos o el diluvio universal sobre mi cabeza. El cigarro acompaña la lectura, pero también la interrumpe. El cigarro me roba mi dinero (para ser exacta, unos ocho o nueve euros cada semana). Y, sin embargo, no puedo salir sin él a la calle y, aun paupérrima, siempre tengo que reservar los euros del cigarro. El cigarro es adicción y el cigarro es perder salud y destruirme lentamente de múltiples maneras simultáneas. Y destruir a otras personas también. El cigarro es una mierda.
Pero me gusta el cigarro. Me gusta el ritual de sostener el filtro en la boca y, parsimoniosamente, dar forma alargada a las hebras del tabaco entre el fino papel RAW de color marrón. Me gusta dar caladas al cigarro mientras me tomo el café, después de follar o de entender algun práctico chungo de geografía. Me gusta el cigarro como premio tras una jornada dura de trabajo o de estudio. Me gusta fumar. Y, precisamente por eso, porque me gusta fumar, he decidido dejar de fumar. Al fin y al cabo, me gusta fumar, pero no me gusta dejar una conversación interesante a medias, ni que mi salón eche peste, ni que mis dientes amarilleen, ni el humo, ni el olor de la ceniza podrida y de las chustas acumuladas en el cenicero. Pero eso no parece importarnos a quienes mantenemos relaciones tóxicas con el cigarro (no se puede tener con el cigarro una relación que no sea tóxica). Me gusta el cigarro. Y, precisamente por eso, porque me gusta el cigarro, le digo adiós para siempre.