Venir a la lavandería de mi barrio es genial. Tengo lavadora en casa, así que no suelo frecuentarla, solo cuando hay acumulación de ropa o cuando hay saturación en los tendederos o en la lavadora. Creo que la última vez que vine fue el año pasado, cuando llovió a cántaros durante semanas y no había manera de que la ropa se secara.
Recuerdo haberme cruzado con personas muy variopintas e interesantes con quienes trabé amistades fugaces, que sabíamos que no tendrían una continuidad ni se cultivarían tomando café en cualquier terraza del barrio. Pero amistades al fin y al cabo. Amistades de tiempos muertos, de olor a detergente y de ¿podrías echar un vistazo a mis cosas que tengo que ir a hacer unos mandados?. Amistades de ay nena, si es que no hay manera de que se seque la ropa y mira qué bien sale, qué suave y qué "buena" olor. Amistades de cigarro en la puerta y ay déjame el mechero y de contarnos la vida y de ha sido un placer conocerte, que tengas buena tarde. Amistades de lavandería.
Me acuerdo especialmente de dos personas que al principio me exasperaron. Un hombre y una mujer de unos cincuenta y tantos entraron a la lavandería con muchas prisas, resoplando por toda la gente que había y manifestando, con toda la intención de que el resto les oyera, la rabia que les daba tener que esperar tanto tiempo a que llegara su turno. Esos seres me resultaban molestos porque todo el mundo esperaba pacientemente y yo llevaba ya tres horas allí guardando mi puesto, incluso estudiando con el ordenador portátil durante la espera. Esa extraña pareja no tenía más derechos que ninguna de las personas que estábamos allí. Además, discutían mucho entre ellos. Parecían un matrimonio trasnochado, revenido, de esos que llevan soportándose no sé cuántos años ya sin que les uniera mucho más que las facturas. Pero parecía que se querían de alguna manera. Ella era alta, delgada, con una melena marrón oscura y ondulada que le llegaba por los hombros. Era la que hablaba, la que sabía qué había que lavar y cómo, la que se las apañaba para poner la lavadora en funcionamiento. Él parecía aburrido, falsamente sumiso a lo que la mujer hiciera o deshiciera. Digo falsamente sumiso, porque no tenía absolutamente ningún interés en lo que se estaba haciendo. Un "lo que tú digas" que no se traduce en "no tienes en cuenta lo que yo piense" sino en un tremendo "me la suda lo más grande". Asentía con la cabeza, fumaba en la puerta, callaba. Cuando llegó su momento, pusieron su lavadora y se fueron a hacer lo que fuera que tuvieran que hacer. Al cabo de un rato regresaron, esta vez con una perrita pequeña, raterilla, mezcla de no sé cuántas mezclas. Y ahí seguía yo, esperando otro rato para poner mi secadora. La verdad es que ese día fue desesperante, toda la tarde me tiré allí.
El caso es que se pusieron a hacerme algunas preguntas sobre la lavandería y sobre cuántas personas había delante de ellos. Las preguntas derivaron en una conversación sobre nuestras vidas. Resulta que no eran marido y mujer, eran hermanos y vivían en la misma casa. Cómo se hablaban cobraba todo el sentido del mundo y me hacía muchísima gracia. Él había rescatado a la perrita mezcla de no sé cuántas mezclas y la amaba con todo su corazón. Ella había adoptado a varios gatos que la tenían subyugada pero los quería tanto que no podía ser de otra manera. Él me dejó el mechero tantas veces que acabó regalándomelo. Durante la conversación, incluso conseguí arrancarle alguna sonrisa a aquel rostro de hombre al que no parecía quedarle nada más por ver en este mundo. Aquella pareja variopinta acabó por parecerme realmente entrañable y me dio pena cuando se marcharon. "Bueno, Paula, pues un placer, si alguna vez necesitas algo, ya sabes". Ya sabía, sí. Ya sabía que no nos volveríamos a ver y que si necesitara algo no les llamaría porque no nos habíamos quedado ni los números de teléfono. Evidentemente. Ese día nació y murió mi amistad de lavandería con la variopinta pareja.
Hoy he llegado y tan solo había dos mujeres. Una mayor y una joven que tenían alguna relación entre ellas, no sabía cuál. Después de que mis elucubraciones sobre los variopintos hermanos fueran falsas, decidí dejar en cuarentena mis conjeturas sobre la vida de la gente que viene a la lavandería. No eran dos mujeres de gran capacidad adquisitiva. Se veía tanto en la ropa como en la manera de relacionarse. Por aquí no viene gente con capacidad adquisitiva, precisamente. Las mujeres ricas no van a la lavandería. La señora mayor ha empezado a hablarme de lo bien que se lava la ropa en este sitio y de que esta lavandería es de lo mejor que le ha podido pasar al barrio, porque ella viene a lavar mantas y edredones y es una maravilla. La señora ha continuado contándome que tiene setenta y seis años. "Realmente bien echados, pareces mucho más joven y eres guapísima" le he dicho yo sin un ápice de mentira o falsedad. Realmente me lo parecía. Me ha contado que ha vivido siete partos y que le cambió tanto el metabolismo que llegó a pesar ciento y pico kilos. Tuvo que operarse porque los médicos no le auguraban nada bueno, y ahora siente que puede moverse y atarse los cordones de los zapatos.
La otra mujer, de cuarenta y siete años, era una de sus hijas. Muy delgada, con los ojos claros y su cabello negro recogido en un moño. Llamaba a su madre "maricoño", lo cual me hace muchísima gracia. "¿Has visto lo que me dice mi hija? Llamarle maricoño a su madre... Pero le quiero con locura, sin ella no soy absolutamente nada". La hija me ha contado que ella también ha perdido muchísimo peso estos meses porque ha vivido una situación de mucho estrés y no encuentra manera de recuperarlo. Que tiene dos hijas, una de veinte y otra de dieciséis, que son soles y no se meten en líos ni fuman ni beben. Doblaban las fundas de sus edredones y me contaba que se separó hace poco, así que ahora mismo vive con su madre a unas calles de aquí, dando al barrio de la Fama. "Anda, entonces vivimos cerquita, yo vivo enfrente de la Antolinos". Esa funda del edredón era viejísima pero estaba en perfecto estado y no la piensa tirar por unas manchas permanentes, testigos del paso del tiempo. Le he dicho que me parece muy bien, que no hay que tirar nada que pueda seguir usándose. La madre le expresaba a la hija que estaba pensando hacer un hervidico para la cena. La hija me mira y me dice en voz baja "no hemos comido aún y ya está la tía pensando en la cena".
Se han despedido de mí y me ha dado pena que se fueran. Nos hemos dicho lo de siempre, que a ver si nos vemos más por aquí y que cualquier cosa que necesitemos, ahí estamos. Las tres sabíamos que eso no sucederá. La señora mayor me ha sonreído, me ha dicho que soy muy guapa y que alguna vez me ha visto por el barrio. Me ha dicho su nombre: María. Yo le he dicho el mío. La hija también se llama María. Nos hemos dicho que un placer, que qué simpáticas somos y que tengamos buen día.
Me he quedado fascinada con las dos Marías, con muchísimas ganas de saber más sobre sus vidas y de que sean mis amigas. Me han caído realmente bien. Ojalá hubiera sido posible un café con ellas en cualquier terraza del barrio. Aunque luego lo pienso y... No está mal así. Qué curiosas son las amistades de lavandería. Y qué calentita y suave se ha quedado mi ropa.